
Muchos de los amantes al futbol han deseado en algún momento ir a alentar o a ver en vivo al equipo de sus amores. A pesar de ello, muchos se han visto impedidos de hacerlo por el temor que les genera la tan comentada violencia entre hinchas. Esta violencia, sin embargo, muchas veces no guarda relación con los lugares donde se realiza la competencia -léase estadios de futbol- y contrariamente a lo que se piensa, la primera vez que yo asistí al estadio y a la mismas vez, a una tribuna popular, lo único que recuerdo es mucha satisfacción y una emoción única por estar ahí...en el lugar que tantos domingos veía, pero a través de una pantalla de televisor.
Era un partido oficial entre Universitario y Cristal, partido considerado de alto riesgo por tratarse de dos equipos de la capital; sin embargo, y a mis 10 años de edad, no iba a ser difícil que mi tío me convenciera de asistir a dicho encuentro. A penas salí de casa pude observar bastantes personas con camisetas deportivas, que, al igual que nosotros, iban al estadio. Pero eso era poco; cuando llegamos a nuestro destino pude notar que no solo venían buses repletos de hinchas, sino también camiones donde la gente agitaba banderas y no paraba de saltar. El poco nerviosismo que había sentido hasta ese entonces se transformó en ilusión por estar ahí adentro y comprender tamaña euforia.
Pagamos lo boletos apresurados para conseguir una buena ubicación y corrimos por las escaleras que nos llevarían a las graderías…al levantar la cabeza el panorama fue cautivante: la amplitud del escenario, el intenso verde del campo, el mar de personas y el contagioso cántico de la Barra Norte que con banderas, bengalas y papel picado, convertía todo en un verdadero carnaval.
El partido se presento complicado para ambos equipos, pero a escasos minutos del final llego el gol del conjunto crema. El estadio exploto de alegría y en ese momento me di cuenta que no era lo mismo gritar un gol en la frialdad de una sala, que en un estadio de futbol. Mi equipo estaba ganando y estaba contento; pero ver a tantas personas juntas abrazándose de felicidad solo por un gol, hizo que mi alegría fuera indescriptible. Las emociones siempre se sienten debajo de la cabeza y quizá sea por esto que siempre son difíciles de explicar; solo sé que esa bengala que encienden siempre después de un gol, brilla al ritmo del latido de un corazón emocionado y por un momento parce reflejar el corazón de las miles de personas que se abrazan y no paran de saltar; es como si, en ese instante, todos se convirtieran en uno solo y se puede soñar por un momento -como diría el himno a la alegría- que todos los hombres vuelven a ser hermanos.
El partido lo ganaron los merengues, pero el resultado era lo de menos; por fin había comprendido lo que significaba la pasión deportiva y lo gratificante que puede ser compartirla. Por las noticias, ese día, comentaron que se habían dado diversos enfrentamientos entre hinchas; pero por donde yo había estado no pude notar nada parecido...todo había sido en zonas alejadas al recinto. Es por eso que yo sigo yendo a ver a mi equipo y a compartir mi alegría; por que la alegría está en los estadios y solo en las calles, la violencia.
*Dedicado a Lucho Aguilar, mi tío.
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